
Hay supersticiones más populares, como la que alude a tocar madera cuando se habla de algún suceso desagradable o pernicioso, cuya explicación se remonta a tiempos antiquísimos (en la Persia oriental, los babilonios creían que en la madera residían los dioses protectores.

Las leyendas y suposiciones se extienden a casi todas las materias: por ejemplo, todo el mundo sabe que Eva tomó una manzana del árbol prohibido y que éste fue el origen del pecado original;

Otra tradición muy extendida es la del portal de Belén: como todos saben, la Virgen María dio a luz un niño en el pesebre y allí había un burro y un buey.

Éstos son algunos casos de suposiciones o supuestos inventados, pero ha habido otros más peligrosos: por ejemplo, los médicos del siglo XVIII pensaban que la melancolía se curaba sangrando (o desangrando) al paciente.
Lo más novedoso en cuanto a leyendas se refiere es el capítulo de “leyendas urbanas”. En realidad, no son más que cuentos o suposiciones sin ninguna base. La más conocida es la de los restaurantes chinos.

Otra leyenda moderna muy conocida es la de los peligros en las alcantarillas: en el último cuarto de siglo hubo una afición singular: la de tener como animales de compañía a serpientes, pirañas, ratas, iguanas e incluso cocodrilos y caimanes.


Corre también otra leyenda urbana muy curiosa: de tanto en tanto suele comentarse que en tal incendio, en los bosques de España, se han encontrado los restos calcinados de un submarinista, con su escafandra, sus bombonas de oxígeno y sus aletas para los pies. La extrañeza del suceso es notable porque ¿qué demonios hace un submarinista en los montes o en los campos incendiados? La explicación es tan peregrina como la invención del suceso: se afirma que los hidroaviones que utilizan los bomberos para apagar el fuego habrían succionado al submarinista en un pantano y que, sin reparar en ello, lo habrían dejado caer con el resto del agua sobre las llamas.

Para concluir con estos ejemplos de leyendas urbanas modernas citaremos una que tuvo un éxito espectacular: todo el mundo sabe que los últimos años de un siglo o de un milenio provocan cierto terror en el hombre; es la sensación de que algo concluye y se tiene la impresión de que hasta la misma vida puede acabarse. Durante los últimos años del siglo XX esta sensación se repitió, como había sucedido en el año 1000, en el 1500 y en el 1900. Naturalmente, no se hablaba de una gran catástrofe que destruyera el mundo, sino de otro mal aún peor: el “Efecto 2000”. Consistía en que los ordenadores de todo el mundo, que identificaban las fechas con dos dígitos, no sabrían distinguir si las dos últimas cifras 00, pertenecían al año 1900 o al año 2000, que estaba ya muy cercano.

Por supuesto, nada ocurrió y el mundo siguió rodando como siempre, y el mar siguió donde estaba.
Trazando Rumbos.
Fuente: Leyendas Tradicionales. José Calles Vales. Ed. LIBSA.